La comunidad judía que aún permanece en Irán vive entre la fe, la prudencia y el temor. Reducida drásticamente desde la Revolución Islámica de 1979, mantiene sinagogas y cierta libertad religiosa, pero bajo vigilancia constante y obligada a marcar distancia de Israel para evitar sospechas.
Imaginen una cena de Shabat en el norte de Teherán. Hay vino (permitido por ley para las minorías religiosas), hay pan jalá y hay… un retrato del ayatolá Jamenei colgado en la pared. No es por devoción; es el seguro de vida más caro del mundo. En Irán, ser judío es un ejercicio de equilibrismo extremo: puedes rezar a Yahvé, pero más te vale que tus oraciones no suenen a sionismo.
Antes de la Revolución de 1979, Irán era el paraíso de la diáspora. Había entre 80.000 y 100.000 judíos. Eran la élite: médicos de la corte del Shah, dueños de bancos, intelectuales que hablaban farsi con un orgullo persa que precedía a la fe… La comunidad tenía alrededor de 60 sinagogas activas en todo el país, gestionaba sus propias escuelas y controlaba negocios de peso en Teherán e Isfahán. Fue una edad de oro truncada por el golpe en mayo de 1979, cuando Habib Elghanian, empresario, filántropo y presidente de la comunidad judía, fue ejecutado por “espionaje para Israel”, un juicio exprés que desató el primer gran éxodo.
Pocos días después de triunfar la Revolución, una delegación judía se presentó ante el ayatolá Jomeini. Tenían pánico. El régimen acababa de ejecutar a Elghanian y otros empresarios judíos eran acusados de “espionaje para el régimen sionista”. Jomeini, en un arranque de pragmatismo teocrático, emitió una fatua histórica: “Reconocemos a nuestros judíos como una religión divina. Son diferentes de esos sionistas sin sangre”.
Esa frase es, desde 1979, la Constitución no escrita de la comunidad. Irán separa por decreto la fe (el judaísmo) de la ideología (el sionismo). Las organizaciones judías iraníes participan cada año de forma oficial en el Día de Al-Quds, con declaraciones contra el sionismo coordinadas por un Estado que así las deja tranquilas. Sin esas manifestaciones, la sombra de un expediente de espionaje puede abrirse sobre la mesa de un juez revolucionario.
Hoy, las cifras bailan según quién cuente la historia. El censo oficial de 2016 hablaba de menos de 10.000. Algunas organizaciones judías en el exilio dicen que son 8.000; el Comité Judío de Teherán estira la cifra hasta los 15.000 para mantener su relevancia política. Sea como sea, la sangría es evidente.
Vivir como judío en Irán es vivir en una pecera. Tienen un asiento reservado en el Parlamento (el Majlis), actualmente ocupado por Homayoun Sameyah Najafabadi. Tienen sinagogas abiertas, carnicerías kosher y escuelas propias. Pero tras la Revolución, el Bonyad‑e Mostazafan confiscó cientos de negocios judíos en nombre de la “revolución de los oprimidos”. La lección era clara: podían quedarse, pero no podían prosperar demasiado.
En las escuelas judías, el director suele ser un musulmán nombrado por el Ministerio de Educación. El currículo es farsi y el Islam es asignatura obligatoria. Pueden practicar su religión, pero tienen prohibido el acceso a altos cargos en el ejército, la inteligencia o la judicatura. Son ciudadanos de segunda con permiso de residencia.
En el año 2000, trece judíos de Shiraz fueron arrestados por espionaje. Fue un momento de máxima tensión. No había pruebas, solo confesiones televisadas que olían a tortura. Al final, la presión internacional los sacó de la cárcel, pero el mensaje quedó grabado a fuego: “Estáis aquí porque queremos, no porque sea vuestro derecho”. La guerra del año pasado también dejó una cicatriz profunda. Durante la Operación León Ascendente, la ofensiva israelí lanzada entre el 13 y el 24 de junio de 2025 contra centros nucleares, bases aéreas y la cúpula militar iraní, la comunidad judía de Irán volvió a vivir bajo sospecha, como ocurre cada vez que estalla un conflicto entre Irán e Israel”.
Los judíos iraníes hablan un farsi impecable, se sienten persas hasta la médula e intentan diferenciarse de los judíos que se fueron a Israel o Estados Unidos. Presumen de llevar en esa tierra 2.700 años, desde el cautiverio de Babilonia: “Nosotros somos los verdaderos herederos de Ciro el Grande”, suelen decir. Ciro fue quien los liberó y les permitió reconstruir el Templo. Para un judío iraní, Israel es una creación política moderna; Irán es su hogar bíblico. Es una narrativa de supervivencia: si convencen al régimen de que son más persas que los propios ayatolás, el verdugo guardará el hacha.
Según el artículo 13 de la Constitución, son una minoría reconocida, pero el código penal es otra cosa. Si un musulmán mataba a un judío, la “diya” (dinero de sangre o indemnización) era menor que si la víctima fuera musulmana. Una reforma reciente igualó estas cifras, pero en la práctica, la justicia siempre inclina la balanza hacia el turbante.
¿Por qué 10.000 personas deciden seguir viviendo en el país que jura destruir su patria espiritual? Porque fuera de Irán, no tendrían nada. En el bazar de Isfahán son dueños de negocios y propiedades que el régimen no les dejaría liquidar si se marcharan. Se irían con lo puesto y perderían el patrimonio de generaciones.
Además, muchos de los que huyeron a Israel terminaron añorando el aroma de las especias de su país, y sintiéndose más persas que judíos en una tierra que no hablaba su idioma. En Irán, y pese a su tamaño menguante, siguen siendo la comunidad judía más numerosa de Oriente Medio fuera de Israel.
Irán necesita a sus judíos para intentar convencer al mundo que no son “monstruos intolerantes”, sino un Estado civilizado que respeta las religiones del Libro. Es una vitrina de propaganda. El actual representante judío en el Parlamento, Homayoun Sameyah Najafabadi, declaró en una entrevista reciente: “Somos iraníes primero y judíos después, pero sabemos que cualquier tensión entre Irán e Israel nos pone en el centro de la diana”.
En el mosaico étnico iraní, la pieza judía es la más pequeña, la más frágil y, posiblemente, la que mejor explica la hipocresía del poder en Teherán. Están ahí para que el régimen pueda decir: “No odiamos a los judíos”.